MIRAR AL ALUMNO
¿Y si antes de preguntarnos qué ha conseguido un alumno, nos preguntáramos cómo está?
Estar escolarizado en un colegio ordinario siendo un alumno con TEA parece un privilegio, pero a la vez puede resultar un castigo, ya que lleva implícito un camino lleno de objetivos: currículo, contenidos, competencias, ítems que alcanzar, tareas que completar y exámenes que aprobar.
Y, en medio de todo eso, muchas veces pasamos por alto algo fundamental: pararnos a escuchar y mirar de verdad cómo está ese niño.
Yo no soy profesor. Y tengo el privilegio de poder acercarme a estos niños desde otra perspectiva, de rascar un poquito más allá de lo académico y abrir espacios donde puedan aparecer cuestiones que, a veces, no encuentran dónde expresarse.
Y cada día me encuentro con algo que me hace reflexionar: niños que quieren cumplir con todo, que se esfuerzan por responder a las expectativas, por terminar sus tareas, por aprobar sus exámenes… mientras, al mismo tiempo, tienen en su cabeza preguntas enormes.
Preguntas como: la que me planteaba hoy un alumno «¿cómo se disfruta en la adolescencia?»
Y entonces te das cuenta de que, en una sesión de apenas unos minutos, tienes delante dos realidades que conviven: la presión por cumplir con las exigencias escolares y la necesidad de entenderse a sí mismos, de comprender sus emociones, de encontrar su lugar y de resolver preguntas vitales que no siempre son fáciles de abordar.
Porque ¿dónde queda el espacio y el peso de la importancia para hablar de la amistad, de la soledad, de sentirse diferente, de la adolescencia, de las relaciones, del miedo o de la incertidumbre?
A veces queremos que aprendan los contenidos del curso sin detenernos a pensar que también están intentando aprender a vivir, a relacionarse y a entender un mundo que no siempre se lo pone fácil.
Quizá deberíamos recordar que la inclusión no consiste únicamente en que un alumno esté en un aula ordinaria, siga el currículo y alcance determinados objetivos. También consiste en que alguien se interese por cómo está, qué siente, qué le preocupa y qué necesita.
Porque detrás de cada tarea pendiente, de cada examen y de cada objetivo curricular, hay un niño con una vida emocional, unas inquietudes y unas preguntas que también merecen tiempo y atención.
Si bien estas preguntas no se reflejan en ningún boletín de notas, constituyen una parte integral de su proceso de aprendizaje. Este proceso, sin embargo, se ve con frecuencia interrumpido por los tiempos, esos breves momentos en los que pueden expresar y procesar sus emociones, experimentar un alivio temporal del estrés diario y alcanzar un estado de calma. Desafortunadamente, antes incluso de abandonar el entorno educativo, se ven nuevamente abrumados por las mismas dificultades que les causan angustia: exámenes excesivamente cercanos, una carga de trabajo interminable, clases repletas de contenido y la disponibilidad de apoyos y herramientas que, por la presión de la conformidad, se resisten a utilizar, lo que les obliga a reiniciar el proceso.
“No podemos estar tan ocupados preparando a los niños para superar el curso que nos olvidemos de acompañarlos para su vida”.
Fran Prieto
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