Realidad o Utopía

 

¿Estamos enseñando lo que realmente necesitan las personas con autismo o seguimos persiguiendo una utopía?



  • ¿Qué ocurre con quienes no pueden titular en la escuela ordinaria?
  • ¿Y con quienes sí lo hacen, pero después se estrellan contra un mundo que no está adaptado?
  • ¿Qué pasa con los alumnos que vienen de colegios de educación especial?
  • ¿Qué pasa cuando se acaba el entorno seguro, estructurado y predecible del colegio… y empieza la vida real?

La funcionalidad: el gran punto ciego
Les pedimos que:
  • Sigan normas sociales que ni los propios neurotípicos aplicamos de forma coherente,
  • Memoricen respuestas para situaciones que nunca ocurren igual,
  • Ajusten su conducta a expectativas que nada tienen que ver con cómo ellos perciben el mundo,
  • Aprendan reglas pensadas desde nuestra lógica, no desde su experiencia.
  • Trabajamos acción-reacción, guiones sociales cerrados, conductas correctas según nuestro criterio. Pero la realidad no sigue esquemas, no tiene inicios y finales claros, ni ocurre en escenarios predecibles.
  • Y eso explica por qué después, en la vida real, nada encaja.

Lo que realmente necesitamos cambiar
Si queremos que lo aprendido sirva, debemos:
  • Dejar de enseñar conductas basadas en expectativas neurotípicas;
  • Trabajar en entornos reales o lo más naturales posibles;
  • Enseñarles a comprender, no a memorizar;
  • Acompañar las experiencias, no solo modelar respuestas;
  • Crear apoyos que sigan funcionando cuando nosotros no estamos;
  • Preparar para la vida, no solo para la escuela.

Llevo años trabajando con personas autistas en todas las etapas del desarrollo, en centros ordinarios y de educación especial, en asociaciones, en recursos comunitarios y también en acompañamientos reales con familias. Y con el tiempo he llegado a una conclusión que me preocupa:
mucho de lo que enseñamos durante la infancia no es funcional cuando estas personas salen al mundo real.

Es suficiente buscar en internet cualquier curso, manual o formación para darnos cuenta de que la mayoría de metodologías comparten un patrón rígido, escolarizado y muy centrado en entornos controlados. Un porcentaje altísimo se enfoca en la etapa educativa; una parte mucho más pequeña habla de lo que ocurre después; y algunas pocas referencias nos muestran casos de personas autistas con éxito.
Pero… ¿qué pasa con la mayoría?

Ahí es donde surge mi gran pregunta:
¿las metodologías que aplicamos, aunque variadas, son realmente funcionales?

Funcionalidad entendido en este caso cómo ser capaz de usar lo aprendido en la vida diaria.
Y aquí, desde la experiencia, encuentro el mayor vacío.

He acompañado a chicos y chicas con autismo fuera del aula: en la calle, en parques, en centros comerciales, en familias, en contextos comunitarios. Y lo que veo se repite:
lo que funcionan dentro del colegio o de la sala de intervención, no funciona fuera.

Después de años analizando esta brecha, mi conclusión es clara:
estamos enseñando a las personas autistas a adaptarse a mundos que no son reales.

En vez de guiar desde la experiencia, insistimos en entrenar desde la obediencia.
En vez de acompañar su forma de entender, les entrenamos para comportarse como creemos que deberían hacerlo.

Porque si lo que enseñamos no es útil fuera, entonces no es funcional.
Y si no es funcional, no les estamos preparando:
les estamos limitando.

Y esa es la raíz del problema: si lo aprendido no se sostiene cuando el entorno cambia, entonces no es aprendizaje, es repetición. Y la repetición no construye autonomía. Por eso necesitamos un cambio profundo: dejar de enseñar conductas basadas en expectativas neurotípicas, trabajar en entornos reales, enseñar a comprender en lugar de memorizar, acompañar experiencias auténticas, crear apoyos que sigan funcionando cuando nosotros no estamos y preparar para la vida, no solo para la escuela.

Porque al final, la verdadera medida de una metodología no es lo bien que funciona dentro del aula, sino lo que esa persona puede hacer cuando nadie le está diciendo cuál es el siguiente paso. Y si lo que enseñamos no les sirve fuera, entonces no estamos educando: estamos limitando. La intervención solo tiene sentido si acompaña a la persona a construir una vida vivible, digna y autónoma. Lo demás, por muy científico, estructurado o bonito que parezca en un papel, no deja de ser una utopía. Y ya es hora de que, como profesionales, dejemos de perseguir utopías y empecemos a preparar realidades.

Fran Prieto 

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